domingo, 26 de abril de 2015

Cuando te salva alguien que no esperabas, te salva dos veces.



Bien o mal, justa o injustamente, mucho o poco, esta fue nuestra batalla y no podemos decir que no le dimos pelea. que lindo fue pelearla. Este encuentro fue un acierto en tiempos de revolución y que acertado fue haberme encontrado con vos, que acertado también el tiempo habiéndonos puesto en ese lugar y ahora dejándonos en otro y que nos dio tanto y nos faltó tan poco. 
Aunque chiquita, nos dio nuestra propia revolución que para nosotros fue y es inmensa. Pero construimos una imagen del otro acomodándola a ese lugar en donde queríamos estar y nos faltó la imagen del lugar en el que estuvimos. Un lugar increíble, completo, seguro. Un lugar con la ambivalencia de que a veces estaba vacío y no porque le faltaba algo, sino por todas las barreras que pusimos para que así sea, pero lo teníamos ahí, teníamos todas las herramientas para mantener esta unión entre imágenes tan opuestas. Porque la unión entre nosotros siempre fue la mejor definición para lo que nos pasa y ahí estaba la verdadera revolución; estaba en acomodar el tiempo y el espacio de cada uno, en ajustar nuestros planes en uno solo, porque al final lo importante es que mirábamos lo mismo, estábamos juntos en esa batalla buscando ese lugar y ese tiempo (en el que ya estábamos). 
Esta revolución asumió su identidad propia, porque entre tantas cosas que no pudimos asumir, si pudimos construir una identidad que solo fue nuestra y solo en ese punto creo en la eternidad del tiempo, porque aunque haya otras identidades, otras batallas y otros aciertos, esta es irreemplazable porque fue nuestra. Y eso es asumir que dentro de las cosas que no nos pasan, hay muchas otras que si nos pasan. 
Pero si lo nuestro fue una batalla, ¿cuál era el enemigo al que había que derrotar? Y ahí estaban, a destiempo, los enemigos internos empeñados en seguir sometidos a muchas tensiones intentando aparentar ser lo menos enemigos posibles. Y era tal la sensación de desaliento en cada derrota que dábamos por sentado que ya no había nada más para pelear, pero hay tantas batallas en una  sola guerra que perder una no significa perderlo todo. También nos olvidamos de por qué construimos tanto y de por qué nos cuesta tanto dejar de construirlo. Y esta derrota implica una nueva revolución insostenible para lo que somos y tenemos que pelearla sin la compañía del otro, lo cual me resulta inimaginable y sé que a vos, desde donde estés pensando en esto, desde donde sigas intentando desarmar a esos enemigos internos, te resulta inimaginable a también. Y mas allá de lo inquebrantable, esto implica desarmar la imagen de unión que tenemos y empezar a construir nuevas, creyendo, equivocados o no, que estas ya no se unen. 
Cada reproducción de lo que haya sido nuestra historia me parece mas increíble. La reproducción de los discursos, de los no discursos, de los recuerdos; de la guerra misma. Y es una reproducción en la que cada uno ajusta sus versiones a sus deseos, sus quejas y a sus valoraciones personales. 
Esta última y decidida lucha nos rindió, nos dejo en el suelo y de las tantas razones que tengo para levantarme, una muy fuerte (aunque lenta, por el dolor de estar yéndome y dejándote ir) es la creencia en que tanto el tiempo como el amor nos va a dar otra oportunidad que si sepamos ajustar a las dos caras de este mismo encuentro. Y es ahí, en esa guerra, en donde voy a estar luchando por tantas cosas, siempre y cuando sepa que la unión entre todo lo que nos une siga estando intacta, aunque a veces parezca que no y voy a estar preparada para luchar contra el enemigo interno (la desunión). Yo voy a estar ahí y espero que el amor, el tiempo y el espacio sigan estando ahí también. 

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